Tiempos de novios

Un día era 3 de mayo [principios años 40], ya hacía como mes y medio que nos estábamos viendo, Mario y yo. Y en misa, cuando salíamos se paraba en la puerta a mirarme, y nadie sabía. Entonces estaba yo, rezando con mi mamá, se juntaban dos o tres familias, a rezarle a la Santa Cruz, los Mil Jesuses. Usted no ha oído hablar de eso? Mil Jesuses había que decir: “Jesús… Jesús… Jesús…” mil veces, y en lo último uno terminaba diciendo “Quesú… Quesú… Quesú…” .Y uno se dormía, otro se dormía, casi todos los niños.

Nos juntábamos con una familia de Doña Laura, que vivía en frente, y con los del estanquero, había estanco. Trago no vendían sino tabaco. Todo en la esquina, era una vida tan linda. Entonces, se reunían Doña Laura, los del estanquero, y nosotros, que vivíamos así vecinos. Vivíamos en toda la esquina de la iglesia. En la plaza, la esquina de la plaza. Nosotros lo veíamos [a Mario] de la ventana. Y nosotros: “Jesus… Jesus…” con la camandulea. Me salí con mucha gente allá, les daban café o aguardiente, a ver a Mario. Después que rezábamos había mucha gente. Había mucha amistad con toda la gente. Un día me gritó Mirian y hermana, que estaba mas chiquita que yo, “Josefina!!!” duro me grito. “Allí va mi papa con la correa!!!” Es que le pegaban a uno todos los días. Yo me cardé(?)  con los correazos (enseñando los brazos), morada. Por nada.

Cuando me decía eso mi hermana, ya mi papa estaba allí, y taque! mi hija, por detrás. Y Mario salió corriendo. Que pesar, eso fue horrible. Y luego él le dijo a mi papa que no volvía, que no quiere que le pegara a la hija. Mire que belleza. Y yo le dije a mi papa: “Papa! no me pegue!” delante de toda esa gente. “No me pegue que solo estaba hablando con el hijo de Doña Enrique…” “Puede ser con el señor Obispo.” Me contestó mi papa. “Pero uno tiene permiso.” Había que pedir permiso, uno no era nada, no contaba nada. Uno era como marginado. Si. Hoy en día, que los derechos de los niños, y que si les pegan se acomplejan. A uno le daban madera. Y como uno no se moría?

Y entonces pues ya me dio esa pela, y yo era triste, mi mama también lo regañó a el: Que por qué había hecho eso, que qué pasar, y ademas delante de ese muchacho, que pensaría? Entonces le dijo mi papa a mi mama “No! Que me pida permiso!” Entonces fue Mario donde mi papa, muerto de miedo (el también era un cagon), fue y mi papa le contestó “A las ocho de la tarde, media hora. Y adentro en la sala”.  Entonces, había un diván grande, por qué eso se usaba, un diván largo y sillas. Era mas bello… que pesar que no hayan guardado eso tan lindo! Era de madera tallada, forrado de terciopelo rojo. Entonces yo me sentaba en una punta, y él en la otra. Y mi papa se sentaba enfrente. En una silla como un rey. Y se quedaba dormido y se ponía a roncar, y me daba una pena! Roncaba o se tiraba un pedo. Y Mario se hacía él que no se daba cuenta. Cuando no se dormía, mi papa se ponía a hablar con Mario, y yo allí sentada, yo no hablaba casi con él, porque, de qué iba a hablar? Yo era una cagona y él era negociante, y me contaba que había comprado tantas vacas en las ferias, que había comprado tantos caballos, y mulas. Cuando eso, él compraba muleticas, y luego las amaestraban pues las domaban, y luego las vendían caras. Mulas. Había criadero de mulas porque no había carreteras. Todo era caminos de mula. Entonces ellos eran negociantes de ganado también. Ellos las compraban y al mes las vendían en esas mismas ferias, las bañaban bien, las organizaban, las peinaban, las motilaban, las cepillaban y las vendían bien vendidas. Les ponían herraduras y todo.

Y entonces, cuando uno se sentaba en la sala del diván, la puerta quedaba allá [enseñándome la puerta de la habitación] y se veía los ojos de mi mama. Jajaja! Que vergüenza! Yo veía los ojos de mi mama rendijeando (chismorreando?), y que podía hacer yo que era una niña inocente y él un hombre educado. Que pecado! Y yo rezando: “Virgen Santísima que él [Mario] no mire para allá!”. Es que se le veían los ojos! A uno lo cuidaban mucho, mucho. Y me acuerdo de mi hermano chiquito, tenía por allí tres añitos. Y lo adoraba, tenía los ojos verdes, y el pelo rojo larguito rizado, y eran gorditas sus piernas y era divino, y Mario lo tomaba, lo quería mucho. Y mi papa que hablaba con él , le pregunta que cuantas vacas vendía, cuantas mulas, que hubo el potrero, que no sé qué, bobadas, cosas de la feria. Entonces mi papa me preguntaba si si lo quería y yo le contestaba: “No.” Pero mentía, yo era enamorada. Me daba pena decirle a mi papa que lo quería, imagínese. En realidad, me moría por él. Oía cuando Mario me silbaba y yo volaba desde la cocina, la casa era larga, empezaba donde la farmacia porque mi hermana era farmacéuta, Alicia. Tenía una farmacia aquí en la esquina. Y para allá la casa toda, una casona inmensa. Uno levantaba una puerta y bajaba al sótano. Y abajo era el patio para uno jugar y para esconderse y todo, y a ese lado la pesebrera y el carbón porque se cocinaba con carbón. Entonces eran bultos de carbón, y la pesebrera donde se ordeñaban las vacas. En toda casa había vacas ya. Eso se había puesto de moda. Todo el mundo tenía la vaca para tomar la leche, era fácil porque uno la metía en la manga, y pagaba una plata por mes y la traían todos los días esos muchachos y a uno le pagaba por ordeñar.

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Como conocí a su abuelo

La historia es muy linda. Mario, lo conocí en un entierro. Había una muchacha en el pueblo, que decían que era muy linda, pero era solterona, tenía 40 años, y no se casó nunca. Era elegante, grandotota, bonita, y no, no le resultaron hombres, y ella se quedó soltera. Me quería mucho a mí, porque en el pueblo no había sino ella: Josefina, y yo. Eramos dos Josefina, no más en el pueblo. Entonces ella me quería mucho a mí. Y yo, en esa época, era catequista, yo enseñaba catequismo en la iglesia los domingos para los niños que iban a hacer la primera comunión. Se sentaban allá, y yo iba al medio día llevar el catequismo del padre. Les enseñaba, les ponía tareítas, y al otro día les preguntaba “quien es Dios?”, “Quien era la Virgen María”. Y bueno, entonces ya podían hacer la primera comunión. Un día Josefina me dijo: “se murió un señor del pueblo. ” y el cementerio era arrrrriba en el monte. Y mi mamá no me dejaba salir con nadie. Yo no salía sino con Alicia y con mi mamá. En esa época se usaba dar caminadas en las afueras del pueblo, nos íbamos de sombrilla y llevábamos fiambre, llevábamos chorizos, arepas, y gaseosas y nos sentábamos por allá en una quebrada, o en una manga. Eso se usaba: paseos de olla. Y entonces nos íbamos, con los niños y todo. Y entonces me dijo Josefina “yo le voy a decir a su mamá que la deje ir conmigo al entierro de Don Luis que se murió” y entonces dijo mi mamá: “con usted, bueno, pero no me la deje…” para donde iba a ir si yo era una boba. Hasta que pensaba que si a una la besaba, se quedaba en el embarazo. Eso es lo que le decían a uno. Tan bobas. Y entonces, mi mamá me dejó ir. Y llegamos allá en el cementerio… yo este muchacho no lo había visto nunca… no, sí! lo había visto ya dos veces. Es que uno no callejeaba. Es que cuando uno salía, iba a la escuela, y de la escuela a la casa solamente. Y uno se iba por el andén con todas la niñas pues. Solo, no. O iba un hermano por uno a la escuela. Como le parece? Y entonces, yo este muchacho lo había visto una vez, estaba yo estrenando un vestidito muy lindo, bordadito, Alicia, mi hermana, cosía hermoso. Le cosía a toda la gente del pueblo. Y entonces me estrené este vestidito, estaba en misa. […] Entonces yo antes de entrar en la iglesia, miré así, para la calle, y lo vi, al muchacho, parado en esa esquina, mirando. Era muy lindo, era muy lindo. Es que se engordó después y cambió. Pero era muy bello, tenía esos ojos amarillos. Y entonces, vi que me estaba mirándome a mí, me hizo así: me mató el ojo. Aaah pero me acordé: que ese muchacho me había pegado un regaño a mí. Mi mamá compraba la leche en la casa de él que tenían vacas. En la casa de él, la madrastra de él ordeñaba vacas y vendía la leche, cuando no había leche de bolsas ni nada. Sino que era que uno cargaba unas lecheritas. Y un día fui, y toqué, toqué, no me abrían, y yo toqué duro y yo me acuerdo que salió ese muchacho y dijo ” va a tumbar la puerta? ” Así me dijo. Así. Y cuando yo lo vi dije, que era ese mismo muchacho. Entonces Josefina, por ese cementerio me dijo “venga, metamos por entre la bóvedas” cuando salió ese muchacho, Mario. Ella había pedido permiso a mi mamá era para mostrarme ese muchachito. Para presentármelo. Si ve como es la vida? Y entonces, bueno, me lo presentó y yo me puse coloradita! coloradita!  porque yo era penosa y entonces me dió la mano y todo, y me dijo ella “vea ese el hijastro de Doña Elvira” y dijé “ah si, yo creo que yo lo conocía” yo colorada, colorada. Él querido, salió conmigo, con esos ojos amarillos, y era flaquito, flaquito, como Francisco. Así, pero no tan alto, él era como yo, bajito. Y entonces el me preguntó si yo podía ir a charlar con él y le dije que si. Aaay y sin permiso…

La casa mía era un pisito, y había una ventana, y la ventana tenía postigos, como unas ventanitas chiquitas, entonces yo me asomaba por la ventana y él me silbaba en la esquina. Entonces yo era pendiente. y salí. yo era una cagona, chiquita. como quien ? nooo, tenía por allí 11 años, o 12. Y yo me asomaba a esa ventana  y él, abajo en la calle, y la calle era así, tendida, y hablábamos de… nada! pendejadas! Me decía que como estaba de linda, que me había visto que no sé donde. Que ciao, que se tenía que ir para la casa porque a las seis de la tarde tenía que estar en la casa sino lo metían en la cárcel. A los muchachos los recogía un policía y a la cárcel lo metía. No se podía quedar en la calle. Ve ahora. No, cuando eso la vida era muy sana. Y entonces, también lo cuidaba, pues yo feliz, pero calladita. Me decía Josefina: “No se lo vaya a contar a su mama! Es que Mario tuvo una novia. Era muy espoliada y muy aguadiona, y tenía otro novio. Entonces él se dio cuenta y la dejó. Y estaba muy enguayavo porque la quería mucho. Entonces quería conocer a usted.” Y me preguntaba: “y usted quiere ser novia de él?”. Y yo: “yo no, yo no! No quiero tener novio yo estoy muy chiquita.” Pero en realidad me alegraba cuando lo veía. Yo me enamoré! No tuve mas nunca. Nadie más me volteo ver a mí. Y entonces ya, mi mamá se dio cuenta. Eso fue como en marzo [1941 por allí]. Yo salía por la ventana y nadie se daba cuenta. Nadie se daba cuenta porque mi papa se acostaba temprano, como era muy enfermo. Pues, estaba ya muy viejito entonces se acostaba temprano. Y adentro, esas casas eran muy inmensas. Entonces yo me asomaba por la sala.

Al casarme yo era una niña inocente

Al casarme, yo nunca había hablado de cosas de mujer con otras niñas, pues mi mamá no me dejaba salir nunca. Tampoco había visto de esas revistas con hombres en pelotas y eso.

Entonces, después de la noche de boda, yo no me atrevía a contarle a mi mama lo que pasó, yo aterrada. Me decía “hay no, esto es pecado, que cosa tan horrible,” y entonces el, como vió que yo era una boba, fue muy comprensivo, muy querido, me quería mucho, no me forzaba nada. Sino que me decía “no, esto no es el pecado, esto es el matrimonio”. Entonces yo le conté al padre, me confesé, y el padre me dijo “no, no, usted tiene que hacer lo que él le diga porque eso es obligación suya, no puede… no no no, cuidado porque se le va, se consigue otra! ” Así me decía. Y yo calladita, y resulté en el embarazo y yo no sabía, no sabía que era eso. Y entonces yo maluca, maluca, no quería comer y me vomitaba, y yo callada, y me dije “sera por todo lo que él me hace”, y entonces un día le conté a mi mamá, que yo vomitaba mucho, y de noche no dormía, que estaba muy maluca, muy incómoda y todo, y que no me servía la ropa. Porque yo era más delgada que Laura, y la ropa no me abrochaba aquí, a la cintura, entonces le conté a mi mamá y me dijo “hay no, mijita, es que usted esta en el embarazo!” Luego, le conté a Mario: haaaaayyyyy! Que alegría la que le dió! Y entonces más me contemplaba, más me contemplaba, y entonces mi hermana me dijó que me iba a hacer la ropita para el bebé, y todo eso. Ella era como una madre para nosotros. Usted no ha leído el poema que me hizo Alicia? Yo lo tengo, ah donde estara? A Mario, le hizo un poema hermoso Alicia, porque ella fue como la mamá de nosotros, porque la mamá mía vivía en el embarazo: tenía un hijo, y a los dos meses, quedaba embarazada. Y ella decía que nunca le venía la regla. No. Porque, a que horas? Alimentaba el hijo hasta que nacía el otro. Como le parece? Y a cada año, cada dos años, los tenía. Antes, pudo haber tenido más, si. Y entonces mi mamá, feliz y todo, y luego yo acepté lo que me pasaba, y Mario me llevó un libro, que decía que hablaba de la maternidad, como había que alimentar los niños, todo. Cuando yo me casé, estaba mi hermano Fernando chiquito, de 4 años. Y yo creía que lo había traído la Virgen. Mira, había un roto en la pared, y me decían que de allí salió la Virgen, que por allí había entrado con la canasta con el niño. Y yo contestaba: “Y porque no me llamó para haberla visto? ”  Y me contestaban mis papás: “nooo, si ya se había ido a repartir otras canastas!” Y me lo creía. Uno no sabía nada, nada, de este mundo. Con mi hermana Dámara ya fue distinto porque ella se fue a estudiar en Manizales, a la Normal de Señoritas. Y allá pués, se hablaban de todo.   

…y colorín colorado… pero todavía no se acaba el cuento

Fue así como apareció en mi vida un joven y noble caballero de familia distinguida, categoría que en una sociedad nueva como la de Risaralda significaba ser de buenas maneras y presencia, cortés en el trato y en el habla así como contar con una piadosa educación católica, eso era suficiente, más que el dinero. Nos habíamos visto tan pocas veces como para creer que las furtivas miradas que cruzaban en la ventana o en misa, fueran amor. Ni siquiera una palabra había mediado entre los dos, cuando con un impulsivo ímpetu él pidió mi mano y yo fui notificada de mi matrimonio. Su nombre era Mario, comerciante por vocación y bromista por naturaleza, logró hacer de los próximos, los mejores años de mi vida. Y con el tiempo, cómo no lo iba a aprender a amar, si el fue quien terminó de darme la educación que necesitaba para enfrentar la vida que me esperaba, como no lo iba a amar si él fue la persona que más me quisó en el mundo y con la que construí un hogar que rápidamente comenzó a dar sus frutos.

Nos casamos en 1945 con el beneplácito de mis padres y la ayuda de mi hermana Alicia y la abuela Justa que procuró que todo saliera perfecto, el banquete, la ceremonia y mi vestido negro de novia que por entonces era el color que más sobriedad y elegancia daba a los actos solemnes. Yo tan solo contaba con 14 años, y Mario con 19, pero ya era el jefe natural de su familia a la que ayudaba en su sostenimiento. Su talento, pragmatismo y generosidad lo convirtieron en uno de los hombres más prósperos del pueblo. Montó su propia agencia de compra y venta de café y cacao, y empezó a dominar todo el mercado de la región que comprendía Risaralda, Anserma, San José y Viterbo. Su prosperidad lo llevó a comprar su conocido Chevrolet Panel que se convirtió en la insignia que lo caracterizaba al llegar a cada pueblo para repartir el surtido que traía desde Manizales, el periódico, las revistas de moda, cigarros y productos importados. Por esos años también se haría a tres fincas ubicadas en los desfiladeros de la vereda San José, ignorante que en esas duras tierras que él veía para trabajo e inversión, estaría la vida futura de su tesoro más preciado, yo, Josefina.

Con Mario

Con Mario

El pueblo de Risaralda (Caldas) en los años 30

Risaralda fue la cuna para todos nosotros, allí vimos nuestra primera luz y crecimos. Extrañamente el pueblo vivía por entonces una especie de efervescencia que lo convertía en enclave comercial y distribuidor de café en un momento en que la nación entera le apostaba por completo a subsistir por obra del fragante grano. Eso hizo que allí se establecieran además de las antioqueñas, otras familias de diferentes orígenes, entre los que se incluían extranjeros venidos del Líbano trayendo maravillosas modas, telas y tiendas de abastos de todo tipo; judíos de inteligencia amplísima que abrieron negocios de ferretería, fotografía y cinematografo; gitanos que en su lengua, criaban caballos y hacían hermosas piezas en cobre; e ingenieros franceses e ingleses que repasaban la cordillera en busca del oro que nuestros ancestros españoles nunca encontraron. Fue un poblado lleno de vida, porque tenía la alegría de un niño que apenas comienza a descubrir el mundo. Cada año se celebraban carnavales y compañías teatrales montaban su tarima en la empolvada plaza principal para presentarse ante la ávida audiencia.

El pueblo de Risaraldas de hoy.

El pueblo de Risaraldas de hoy.

Allí crecí yo, ayudando a los mayores con los oficios y cuidando de los más chicos. Pilando maíz, recolectando flores silvestres, tejiendo trenzas y jugando con corozos, trompos y cometas. Pero en esos tiempos, cuando en Europa comenzaban a presentirse los estruendos de la guerra, y en Colombia el arriero se hacía reliquia para dar paso al ferrocarril y las carreteras; la niñez aún era muy corta y la rutina a la que se estaba acostumbrado cambiaba de súbito. 

Para empezar…

Abuelita Josefina  Nací en el año 1929, soy la séptima de doce hermanos: Víctor, Ramón María, Rigoberto, Julio César, Alicia, Mario, Alba Lilia, Miriam, Dámara, Jairo y Fernando; fruto del matrimonio de María y Ramón, quienes se instalaron en Risaralda (Caldas), un poblado suspendido en la cuchilla de una montaña, cuando allí todo apenas comenzaba.

Ramón y María fueron hijos de Antioquia, pertenecieron a una titánica generación de creadores de un mundo nuevo, abalanzados hacia el sur fueron batiéndose en duelo permanente contra la indomable naturaleza del centro occidente colombiano, cruzando montañas, ríos, valles y altiplanos, fundaron pueblos, abrieron caminos y destajaron montes. Allí donde todo parecía imposible y dónde el rastro de los antiguos pobladores indígenas ya se había perdido, llegaron con sus frugales y pragmáticas maneras a establecer un nuevo orden, fervoroso, improvisado y acogedor. Un mundo donde el telón de fondo eran los armoniosos guaduales meciéndose suavemente al arrullo de una quebrada, y el aroma, era el del fogón leña y la yerba húmeda por el rocío de la mañana, un mundo amplio, verde, infinito de montañas y ríos que se perdían en los recodos de la inmensa geografía.

No serían pocos los problemas que enfrentarían Ramón y María. Él, un veterano de la guerra de los mil días, se había fijado en esa dulce niña que a duras penas salía de la infancia para entrar al consagrado oficio de una mujer de su época, la pidió en matrimonio para huir con ella al sur y ser parte de ese nuevo mundo que ya se establecía entre los riscos del Ruiz y las laderas de la cordillera del Quindío. Allí instalarían su hogar. Ella siendo aún una niña jugaba a los quehaceres del hogar adecuando el rancho de bareque en el que vivían, tapizándolo en su interior con miles de mariposas que cazaba en el monte para matar el tiempo mientras él luchaba por encontrar un espacio en las frías faldas de Filandia, y así empezar una finca de ganado y criadero de bestias.

Los sentimientos del hombre suelen ser oscuros en momentos en los que se juega la superviviencia, la ambición y la ruindad de otros los hicieron huir nuevamente. Corrían ya los primeros años de la segunda década del siglo XX y parecía que todos los espacios de este escenario de colonización ya estaban copados. Aquello que décadas atrás había sido tierra para todos, ya empezaba tener linderos demarcados, cercas y títulos de propiedad. Fue así como nuestra familia se instaló en Risaralda, y de su amor y abnegada vocación cristiana, tuvieron doce hijos. Algunos no crecieron, iban quedando para siempre niños en el recuerdo de los más afortunados que, una vez cumplían quince o dieciséis años, se permitían aventurar por su propia cuenta, iniciando un nuevo ciclo de búsqueda de espacio y construcción de una propia familia.